La hora de pasar a la ofensiva

En el mundial del agro, hay que pasar a la ofensiva. En el seleccionado del campo argentino no hay un Messi y diez más. Es un equipo con un fundamento muy sólido: nadie en el mundo produce de manera más sustentable que en la Argentina. Y ya no es una frase hecha.

En el seminario anual de la Fundación Producir Conservando, celebrado el jueves pasado, Ernesto Viglizzo y Marcelo Regúnaga presentaron un trabajo que pone en negro sobre blanco esta cuestión.

Entre los nueve países más importantes en producción agrícola, la Argentina es por lejos el que tiene mejores índices de control de erosión de los suelos. Y además exhibe, también por amplia diferencia, la mejor huella de carbono en los productos que vuelca al mundo.

El problema es que pocos lo saben. Y, peor aún, muchos en el primer mundo blanden (interesadamente), la tesis contraria. En esas playas ponen en escrutinio nuestra forma de producir, acicateados por un falso ecologismo que machaca con muletillas tecnofóbicas. La demonización de los OGM (organismos modificados genéticamente), por ejemplo.

Hechos, no palabras: todo el mundo sabe que existen prácticas conservacionistas. Pero pocos han hecho avances consistentes. Gracias a la siembra directa, la Argentina redujo un 33% la erosión de sus suelos en los últimos quince años.

El triple que EE. UU. y el doble que Brasil. Francia y Alemania, los líderes europeos, no lograron nada. Siguen usando los mismos sistemas de hace un siglo. Basta ir a las grandes exposiciones de maquinaria para ver la enorme prevalencia, medida en metros cuadrados de pabellones, de arados, rastras de discos y otros instrumentos de tortura de suelos que acá se erradicaron. Hace años que le firmamos el acta de defunción.

Pero pocos lo saben, más allá del ámbito rural. Es fantástico lo que se está haciendo hacia el interior del campo, promoviendo y certificando las buenas prácticas agrícolas. Sin embargo, pocas veces ello llega al producto terminado.

Hay ejemplos de lo que se puede hacer: la Cooperativa de Los Molinos, una pequeña localidad en el sur de Santa Fe, muy cerca de Casilda, inauguró hace un par de años una fábrica de pastas (“Mulini”) hechas a partir del trigo que producen sus socios bajo el sistema de certificación de AAPRESID.

Cumplen un protocolo de buenas prácticas monitoreado por la organización más exitosa, a nivel mundial, en materia de agricultura sustentable. La planta cuenta con tecnología italiana de última generación, y han innovado desde el packaging hasta el sistema de distribución. El gran diferencial es el origen de su materia prima.

Es una pequeña muestra. En Río Cuarto, se está creando un cluster que vincula la producción de alimentos con la generación de bioenergía. Bio4 con su planta de etanol, proveyendo burlanda a tambos y feedlots. Ahí mismo está Bioeléctrica que genera electricidad y la sube a la grilla nacional. En Villa María, ACABio fermenta maíz para etanol y burlanda, agregando la captura de CO2 y su envasado, sustituyendo el que usan las bebidas carbonatadas, que hoy proviene del gas natural.

La propia ACA inauguró recientemente una planta de reciclado de envases de agroquímicos en Cañada de Gómez, cerrando el círculo de la sustentabilidad. Pronto veremos ómnibus circulando por Buenos Aires con biodiesel puro, una alternativa superadora hasta del bus eléctrico, que con la actual matriz de generación eléctrica no resuelve el problema de las emisiones.

En estos tiempos donde mandan las etiquetas, hay que dar un paso al frente. Y salir por la manga con el orgullo de que, como instaló la Bolsa de Cereales, en la Argentina “el campo hace bien”.

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